Descargar archivosSe trata de un pueblo que se afinca en torno a la falla de Bandiagara, un accidente geológico que comunica la sabana del sur de Mali con la del norte de Burkina Faso.
En un espacio relativamente reducido estas gentes que basan su vida en los ciclos agrícolas permanecieron desconocidos para Occidente hasta bien entrado el siglo XX, en que el antropólogo francés Marcel Griaule se estableció en Sangha para estudiarlos. El científico permaneció muchos años entre ellos, hasta que llegó a desenmarañar, en parte, su compleja cosmovisión, que se hace prácticamente ininteligible al resto de los mortales.
Para el viajero, penetrar en el País Dogón es adentrarse en un mundo de cuento. Una gente que sigue sin luz eléctrica ni carreteras, que se mantiene alejada del mundo gracias a la inaccesibilidad de sus poblados.
Que nada quiere saber de nuevas formas de vida, y que se muestra impermeable a la llegada de la mayor parte de los bienes de la sociedad capitalista. Que nadie espere una cerveza fría o un partido de fútbol retransmitido por la televisión en el País Dogón. El sol y la luna siguen marcando el ritmo de los tiempos.
La mayoría de turistas tienen un contacto breve con la cultura dogón. Acuden a Sangha, la ciudad que hace las veces de capital y, los más atrevidos, se atreven a descender el gran escalón de piedra para acercarse a Banani. Yo recomiendo encarecidamente a quien no tenga miedo a la austeridad que disponga una semana para bajar al pie de la falla e ir recorriendo los pueblitos con toda tranquilidad.
La fisonomía arquitectónica dogón ya merece el esfuerzo. Son pueblos construidos enteramente en barro, y los graneros tienen un tejado cónico de paja. En la complicada simbología dogón, hay silos masculinos y femeninos, y las poblaciones están dispuestas de manera que, vistas desde el cielo, asemejan una figura humana.
En las paredes escarpadas de la falla se alojan a los difuntos, y en las cavidades podemos encontrar algunos de los lugares tabú, ya sea porque lo habitan espíritus malignos o porque en ella se realizan sacrificios ceremoniales, rituales de circuncisión u otros y también las viviendas de los hogones.
Estos personajes son los líderes espirituales de los dogones, viven apartados de la vida cotidiana y son alimentados regularmente por las personas que suben a reclamarles consejo o que sancione una de las decisiones tomadas por los ancianos.
Los viejos se reúnen en la toguná o casa de la palabra, una construcción con pilares de madera y siete capas de tejado vegetal, que también se corresponden con un simbolismo mágico.
Por lo que respecta a la vida cotidiana, los dogón cultivan básicamente cebollas y mijo, y su vida depende enteramente de que las cosechas sean buenas. Con lo conseguido, comerciarán en los mercados de Sangha, Kani-Kombolé o Bandiagara para obtener otras cosas necesarias.
Un recorrido por el País Dogón debe tener en cuenta que las distancias entre pueblos son cortas, pero que las temperaturas elevadísimas impiden caminar más de un par de horas al día. Durante los momentos de máxima insolación es fácil acercarse a los 50º C, por lo que los paseos deben ser realizados a primeras horas de la mañana y con mesura. Siempre hay que detenerse y dar por finalizada la jornada antes de las once de la mañana.
Para alojarse en los pueblos dogón hay que contar con el consentimiento del jefe local, que designará dónde puede establecer un campamento de extranjeros.
Normalmente debe recurrirse a unos cuantos porteadores para trajinar el equipo y un guía local que pueda hablar con las autoridades, mostrarnos los lugares autorizados y, esto es muy importante, evitar las zonas prohibidas. Algunos turistas que han incumplido las restricciones se han visto en aprietos muy serios.
La comida es, invariablemente, mijo o arroz con pollo en salsa de cacahuete. Ayudará llevar unas cuantas cosas enlatadas, pero, por lo general, unas mujeres designadas por el jefe cocinarán para los visitantes, pagándoles cantidades de dinero muy modestas.
Al País Dogón, como lugar encantado que es, no le falta de nada: los baobabs que, siendo santos no pueden ser talados pero si despellejados para aprovechar su corteza en forma de cuerdas; el sagrado lago de los cocodrilos; la cascada de Tireli, que permite un baño refrescante a los extranjeros; y, si hay suerte y se coincide con una noche de luna llena, las luchas entre pueblos rivales, que tienen carácter deportivo y se celebran entre jóvenes y adultos, una vez al mes, coincidiendo con esa fase del satélite terrestre.
En el corazón del África subsahariana, en el extremo suroccidental de Mali, un abrupto acantilado de 200 kilómetros de largo se levanta insolente en la sedienta planicie del sahel. Es la falla de Bandiagara, donde vive un pueblo enigmático que ha sabido mantener casi intacta su cultura durante cinco siglos: los Dogón. Y todo gracias al aislamiento que ha impuesto a estas tierras la dura Naturaleza y que ahora obliga al viajero a echar el pie al suelo y caminar.
El punto de partida es el pueblo de Bankás, situado a doce kilómetros de la falla. De ese modo, la pausada aproximación a la vertical pared permite ir adivinando poco a poco en el horizonte los muros de adobe y los tejados de paja del primer poblado dogón, Telly, que parece suspendido en el aire. La entrada en sus calles de arena no rompe el encanto de la lejana visión, sobre todo porque en las puertas de muchas de las humildes casas grandes candados de madera dibujan extrañas figuras. Zorros, cocodrilos, grullas, figuras antropomorfas… cincelados sobre la humilde madera para representar la enigmática cosmogonía de esta etnia de una riqueza cultural envidiable.
De nuevo en camino, el siguiente pueblo que surge es Kani Kombolé, aún en la parte baja del acantilado. Como la mayor parte de los núcleos habitados del País Dogón, tampoco supera los 1.000 habitantes. De nuevo muros de adobe que se mimetizan con el terreno. Otra vez humildes obras de arte en madera en las puertas de casas y graneros. Una vez más, leyendas contadas con voz pausada que hablan del misterio de dioses, del origen de esta etnia y de sus ancestros. Enigmas que ya en 1931 el antropólogo francés Marcel Griaule intentó descifrar y que sólo consiguió en parte después de 25 años de estudio.
La falla ofrece a partir de aquí un sendero por el que ascender a lo alto de este inhóspito territorio. Son dos horas de camino flanqueado por rocas y cascadas hasta llegar a Djiguibombo, donde las paredes sustituyen el barro por las piedras. En el centro del pueblo un viejo baobab da sombra a la toguna o casa de la palabra, una cabaña sostenida por rudimentarias cariátides de madera que sustentan un grueso tejado de ramajes. Es el lugar donde los hombres se reúnen para dirimir sus disputas. Y poco más allá, una construcción muestra en su pared exterior dos esquemáticas figuras humanas. Es la casa de la mujeres, donde ellas residen durante la menstruación o cuando intentan una fertilidad que la Naturaleza parece negarles.
A partir de aquí el camino discurre paralelo al borde de la falla de Bandiagara, convertida en excepcional mirador de un sahel que abajo impone su dictadura de acacias y senderos de polvo. Mujeres de piel de ébano con cestos en la cabeza se cruzan con su andar cansino. Son varias horas hasta llegar al siguiente pueblo, Ende, ya en la llanura. Allí, una sencilla construcción decorada con figuras geométricas pintadas en rojo, negro y blanco muestra en sus paredes cráneos de conejos, monos y corderos. Es el amma na, el templo donde esta etnia, bajo la dirección del hogón, su jefe espiritual, realiza sacrificios animales para sus ritos animistas. Más misterios de un pueblo que exige como tributo al viajero que camine si quiere conocerlo.
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